Palacio de la Salina

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Hermosas puertas y una fachada finamente trabajada: así es como el Palacio de la Salina se gana su lugar en la lista de maravillas de Salamanca. Su propietario original, Don Rodrigo de Messia, lo mandó construir en 1538 no para uso personal, sino como almacén de sal. Esta decisión explica tanto el nombre de Salina como el hecho de que el edificio esté abierto a la calle, en lugar de estar cerrado como una residencia privada. Cualquiera que haya pasado o pase por delante del Palacio de la Salina puede contemplar su arquitectura plateresca. En este caso, es especialmente expresiva en los elementos decorativos. Tal es el caso de estos 4 medallones, en los que se dice que aparecen los rostros de la reina egipcia Cleopatra, el ex cónsul romano Marco Antonio y el poeta griego Safo, entre otros. Una vez dentro, el toque estético continúa con un patio lleno de arcos, capiteles y figuras con expresiones dramáticas, incluso angustiadas. Cuenta la leyenda que estos rostros son representaciones monstruosas de los principales nobles de Salamanca, que se negaron a dar hospitalidad al arzobispo Alonso Fonseca, cuando estaba de visita en la ciudad con su amante. No cabe duda: ¡la venganza es un plato que se sirve frío! Hoy en día, ya no se trata de sal ni de relatos misteriosos sobre el Palacio de la Salina, porque en 1884 se convirtió en la sede de la Diputación Provincial de Salamanca.

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