

Delante de ti se alza la estatua del duque de Morny, hermanastro de Napoleón III y un hombre de negocios ambicioso y visionario. Como la plaza lleva su nombre y quizá no lo conozcas, vale la pena presentarlo: es uno de los fundadores de Deauville. En 1859, Charles Auguste de Morny invirtió junto al doctor Olliffe, el banquero Donon y el arquitecto Breney en 240 hectáreas para levantar aquí una estación balnearia completamente nueva. Casino, hipódromo, avenidas… todo fue concebido para atraer a la alta sociedad. Ya en 1865, un decreto imperial ordenó erigirle una estatua. Esculpida por Henri-Frédéric Iselin, fue inaugurada con gran pompa en 1867. Pero su destino fue agitado: retirada en 1870 tras la caída del Imperio, varios intentos de volver a instalarla fracasaron. En 1942, como tantos otros monumentos metálicos, fue enviada a fundición por el régimen de Vichy. Hubo que esperar hasta 1955 para que Deauville recuperara una estatua de su fundador. Esta vez la obra, en piedra, fue realizada por el escultor Edmond Moirignot e inaugurada en presencia del académico Maurice Garçon. Al contemplar este monumento, no miras solo un retrato: estás frente al símbolo del nacimiento de Deauville, una ciudad surgida de pantanos gracias a la visión de un empresario y al espíritu de una época que soñaba con la elegancia junto al mar.






