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Un palacio, dos palacios, tres palacios… y la lista sigue; no hay duda de que Génova tiene un auténtico ADN aristocrático, fruto sobre todo de su antiguo papel como gran potencia marítima del Mediterráneo entre los siglos XVI y XVII, cuando la República de Génova vivía su máximo esplendor y recibía a numerosos visitantes extranjeros adinerados. Para alojar a estos huéspedes de prestigio —a veces comerciantes-banqueros, a veces armadores— la ciudad instauró el sistema de los Palazzi dei Rolli, una lista oficial de “residencias de alojamiento público” que obligaba a las familias nobles a ofrecer hospitalidad. Al principio incluía 150 palacios, pero hoy solo quedan 42, entre ellos el Palazzo Spinola, justo aquí delante. Construido en 1593, perteneció a la familia Grimaldi hasta 1641 —sí, la misma de los señores y príncipes de Mónaco— y después pasó por varias dinastías, entre ellas los Spinola, que le dieron su nombre. En 1958, el marqués cedió el palacio al Estado italiano, que lo transformó de inmediato en un espacio expositivo dedicado sobre todo al arte pictórico del siglo XVII. Rubens, Van Dyck, Giordano o Van Cleve son nombres habituales en la colección. Con el Palazzo Spinola, el repertorio artístico está garantizado, igual que el encanto del recorrido, donde destacan un magnífico mobiliario original y una preciosa Galería de los Espejos en la segunda planta.






