Port'Alba

©IlSistemone CC BY-SA 3.0. <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.fr>via Wikipedia Commons

La calle peatonal Alba, flanqueada por librerías y tiendas de música, te lleva hasta la Porta Alba, que acabas de atravesar. Es una de las antiguas puertas de las murallas de Nápoles, abierta en 1625 en el muro angevino para facilitar el paso de los habitantes. Fue el virrey de España, Antonio Álvarez de Toledo, duque de Alba, quien impulsó su construcción, y de ahí su nombre. En la puerta puedes ver el escudo de Felipe III, junto con el de la ciudad y el del virrey. La estatua de San Gaetano en la parte superior fue añadida en 1656, como en otras puertas de la ciudad, tras la epidemia de peste. Pero esta puerta también tiene su leyenda. A los napolitanos les encantan las buenas historias. De hecho, la creación misma de su ciudad griega se basa en el mito de Parténope, la sirena que llegó a la costa cerca del Castel dell’Ovo, un castillo que, por cierto, está ligado a la leyenda del huevo. Todo eso lo descubrirás en nuestro segundo circuito. Pero ahora, centrémonos en las brujas. Nápoles tiene varias. Está la bruja del Vesubio, que lanzaba gritos aterradores desde las laderas del volcán, o la Janara, hija de Satanás, estéril, que vaga por la noche en busca de niños que pueda llevarse. La Porta Alba fue escenario de una historia oscura, según la leyenda de la bruja de la Porta Alba. Aunque de bruja solo tenía el apodo. La historia cuenta la vida de una joven apodada María la pelirroja, tan bella y seductora con su melena encendida que volvía loco a todo el barrio. Pero María solo amaba a un hombre: su prometido, Miguel. Poco después de casarse, en una noche de tormenta, un rayo rasgó el cielo y petrificó a Miguel. No podía moverse. A pesar de los intentos de María y de los vecinos, quedó inmóvil para siempre. María, destrozada, se encerró en casa, gritando su pena, hasta el punto de que todos empezaron a evitarla. El dolor la consumió y la convirtió en una anciana sin alegría. Su largo cabello rojo se volvió blanco, y su piel, de marfil, se arrugó. Y no hizo falta más para que la llamaran bruja. En una época dominada por la Inquisición, con solo sospechar de una mujer, bastaba para enviarla a la horca. María fue condenada y encerrada en una jaula colgada bajo la Porta Alba. La dejaron morir lentamente de hambre y sed, a la vista de todos los que antes la deseaban. Tras días de gritos y súplicas, María murió diciendo una frase que aún hoy inquieta a los napolitanos: “¡Vais a pagar por esto! Todos, vuestros hijos y vuestros nietos”. Su cuerpo, en lugar de descomponerse, se habría transformado en piedra. Los jueces de la Inquisición, temiendo que fuera un hechizo, se apresuraron a deshacerse de la jaula, dejando solo un hueco en el muro, donde estaba el gancho, y por donde, dicen, aún se escapan cada noche los gritos de María la pelirroja, la bruja de la Porta Alba.

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