
La calle Potosí
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Bienvenido a la calle Potosí. Al caminar por aquí, en pleno corazón de La Paz, recorres una calle que lleva el nombre de uno de los lugares más vertiginosos de la historia mundial. ¡Y no es para menos!
Potosí es una ciudad situada a más de 4.000 metros de altitud, en el sur del país, dominada por una montaña mítica: el Cerro Rico. Si esta calle lleva su nombre, es porque sin esa montaña, Bolivia, e incluso el mundo moderno tal y como lo conocemos, no serían exactamente iguales. Antes de la llegada de los españoles, esta cumbre era venerada como un lugar sagrado.
Pero en 1545, un pastor quechua descubrió vetas de plata pura en sus laderas. Los conquistadores españoles no tardaron en comprender la magnitud del tesoro. La montaña sagrada se convirtió entonces en una gigantesca explotación minera a cielo abierto.
En apenas unas décadas, en medio de un desierto frío y hostil, nació Potosí. Hacia 1600, la ciudad contaba con más de 150.000 habitantes: ¡era una metrópoli más poblada y rica que Sevilla, Londres o París! Pero aquella plata no se quedó en los Andes.
Cruzó los océanos, financió las guerras de la Corona española, hizo subir los precios en toda Europa y llegó hasta China, donde el preciado metal servía para pagar el té, la seda y la porcelana. ¡Fue la primera auténtica globalización de la historia! Pero ¿a qué precio?
Para extraer aquel metal, el poder colonial instauró la mita, un sistema de trabajo forzoso. Cientos de miles de hombres indígenas, arrancados de sus comunidades, fueron enviados a las oscuras y asfixiantes galerías del Cerro Rico. Entre los derrumbes, la altitud, el agotamiento y la intoxicación por el mercurio utilizado para separar la plata del mineral, la montaña se ganó un apodo estremecedor: “la montaña que come hombres”.
También fueron llevados hasta allí trabajadores africanos esclavizados para mantener en marcha los engranajes de aquella inmensa maquinaria minera. Los relatos populares han hablado a menudo de ocho millones de muertos. Aunque los historiadores consideran hoy que esa cifra es exagerada, el coste humano no deja de ser una auténtica tragedia.
Cuando Bolivia logró su independencia en 1825, las vetas de plata comenzaron a agotarse. El país heredó una montaña despojada de gran parte de su riqueza, una riqueza que había servido para enriquecer otros continentes. ¿Y hoy?
La historia de Potosí no terminó en el siglo XIX. El Cerro Rico sigue siendo explotado por miles de mineros organizados en cooperativas. Pero después de casi cinco siglos perforándolo hasta dejarlo como un queso lleno de agujeros, la montaña se hunde y corre peligro de derrumbarse, lo que llevó a la UNESCO a incluirla en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro.
Y hay más: el departamento de Potosí sigue estando en el centro de los grandes desafíos del siglo XXI, con la preservación del Salar de Uyuni y sus gigantescas reservas de litio, el metal blanco indispensable para nuestras baterías y para la transición energética mundial.
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