
Los palacios del poder
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Con sus dos enormes torres, su gran cúpula y sus sobrias líneas neoclásicas, parece llevar vigilando La Paz desde tiempos inmemoriales. Pero no te dejes engañar por su aspecto de venerable anciana: la Catedral Metropolitana acaba de celebrar su primer centenario. Y es que, aunque las obras comenzaron en 1835 para dotar a la joven república de un monumental lugar de culto, los trabajos se alargaron y se alargaron…
tanto que la catedral no fue inaugurada hasta 1925, ¡justo a tiempo para el centenario del país! Incluso después hicieron falta varias décadas más para rematar sus torres y ultimar los detalles. Aunque es comprensible: construir en las laderas de los Andes, a esta altitud, no es precisamente tarea fácil.
Pero, pese a todo, ¡ella no es la gran protagonista de esta plaza! Quien literalmente le roba todo el protagonismo es el Palacio Quemado. En marzo de 1875, durante un golpe de Estado especialmente violento, un grupo de opositores atacó el palacio de Gobierno y, ni más ni menos, le prendió fuego.
En Bolivia, cuando la política se calienta, ¡no siempre es una forma de hablar! A pesar de las numerosas restauraciones que devolvieron al edificio su fachada rosada, los paceños prefirieron conservar aquel mordaz apodo. Ahora dirige la mirada hacia el edificio vecino, el Palacio Legislativo, que hoy alberga el Parlamento.
Con sus elegantes columnas blancas y su fachada perfectamente simétrica, parece un templo griego. Pero no te dejes engañar: su reloj se encargó de reivindicar su singularidad. En 2014, el ministro boliviano de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, decidió dejar su huella.
De la noche a la mañana, los técnicos invirtieron el mecanismo: colocaron los números al revés y las agujas comenzaron a girar en sentido contrario a las agujas del reloj. ¡Y no, no se había estropeado! Era toda una provocación intelectual bautizada como el “Reloj del Sur”.
¿El objetivo? Recordar que Bolivia está en el hemisferio sur y que no tiene por qué seguir ciegamente convenciones creadas en el Norte. Una invitación a cuestionar aquello que creemos universal y a contemplar el mundo desde los Andes.
Aunque a finales de 2025 el reloj recuperó finalmente su sentido de giro tradicional, después de once años de rebelión cronometrada, aquella reivindicación filosófica sigue grabada en la memoria. Y esta afirmación de la identidad andina también está presente en otros símbolos, como la Wiphala, esa llamativa bandera multicolor. Formada por 49 cuadrados con los colores del arcoíris dispuestos como un damero, la Wiphala figura en la Constitución como símbolo oficial del Estado junto a la bandera tricolor, y representa a los pueblos indígenas de los Andes, especialmente a los aimaras y los quechuas.
Sus siete colores expresan toda una visión del mundo: la Madre Tierra, la comunidad, la naturaleza, la energía y el cosmos. Así que recuerda: aunque los edificios vistan a la europea, la institución representa la diversidad cultural del país, en particular a sus pueblos aimaras, quechuas y guaraníes.
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