Museo de Etnografía y Folklore

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Este antiguo palacio de los marqueses de Villaverde, construido en 1730, alberga hoy uno de los museos más fascinantes de Bolivia: el Museo Nacional de Etnografía y Folklore. Cruza el umbral de esta residencia colonial para adentrarte en las culturas populares y conocer mejor a los pueblos indígenas del país. Además, es el lugar perfecto para desmontar una idea muy extendida sobre la célebre chola paceña, esas mujeres andinas de estilo tan inconfundible.

Su vestimenta emblemática, formada por la pollera, esa falda amplia de varias capas, la manta, el chal de seda y el famoso sombrero bombín, no es un atuendo indígena precolombino. En realidad, tiene su origen en una vestimenta impuesta por la Corona española en el siglo XVII para señalar la clase social de las poblaciones indígenas. Pero, con una buena dosis de ironía, las mujeres de los Andes terminaron apropiándose de ella y, hoy, la pollera se ha convertido en todo un símbolo de poder económico y orgullo cultural.

Porque la pollera es mucho más que una falda tradicional: es la caja fuerte y la tarjeta de presentación de las mujeres del Altiplano. Excluidas durante mucho tiempo del sistema bancario, estas comerciantes de espíritu emprendedor convirtieron su vestimenta en una especie de ahorro portátil: una pollera de seda o terciopelo, acompañada de joyas de oro y del célebre chal de fibra de vicuña, puede valer varios miles de dólares. En los mercados de La Paz y El Alto, llevar un atuendo tan costoso es también una forma de mostrar el éxito económico de quien lo luce.

Y es, además, un símbolo de orgullo: en lugar de renunciar a sus orígenes para ascender socialmente, estas mujeres han elegido triunfar sin dejar de mostrarlos. Desde las aulas universitarias hasta las instituciones del Gobierno, pasando por los platós de televisión y las pasarelas de moda, la cholita de pollera se abre paso hoy en todos los espacios de poder, transformando una vestimenta colonial asociada a la humillación en todo un símbolo de emancipación. Pero volvamos al museo.

Si decides entrar, no te pierdas una de sus grandes joyas: la sala de Máscaras. Reúne decenas de máscaras rituales procedentes de todo el país. Aquí, la máscara no se entiende como un simple disfraz: es un objeto sagrado que captura el espíritu, transforma a quien la lleva y da vida a los mitos del famoso Carnaval de Oruro.

Verás una máscara aterradora, con cuernos retorcidos, ojos saltones y unas fauces que parecen hacer una mueca: es la de la Diablada. Representa al Tío Supay, la divinidad andina del mundo subterráneo. Para los mineros que se adentran en las entrañas de la tierra, este diablo es un espíritu protector y temido al que se ofrecen hojas de coca y alcohol.

Un poco más adelante, en las vitrinas, las máscaras de la Morenada, con sus rasgos exagerados y la lengua fuera, recuerdan también la deportación de esclavos africanos a las minas. En definitiva, el MUSEF es una auténtica mina de tesoros para descubrir desde dentro el alma de Bolivia. ¡No te decepcionará!

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