Vanalinn

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Próspera en la Edad Media y triunfante en las rutas comerciales del Mar Báltico, la ciudad baja ha permanecido inmutable desde el siglo XV. Es cierto que la buena conservación ha pasado por ahí, pero la suerte también tiene algo que ver. Basta con saber que durante la Segunda Guerra Mundial, solo el 11% del centro histórico se vio afectado por los bombardeos. Un milagro entre muchos, que todavía permite disfrutar de un entorno sublime, clasificado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1997. Al abrigo de estas murallas de color caramelo, permanecen estas hermosas callejuelas empedradas, donde se encadenan las antiguas casas de la élite burguesa, en su mayoría reconvertidas hoy en día en cafés y restaurantes. Pasando por un porche, atravesando el más mínimo callejón, o bordeando estas fachadas de colores pastel, vemos el corazón de la ciudad y sus edificios más bellos, que no parecen haber ganado ni una sola arruga. Y no te preocupes, ¡este efecto es tan agradable de día como de noche!

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