

Aquí vamos a girar a la derecha por la rue Saint-Jacques, pero ten en cuenta que, si tomas la calle que queda completamente a la izquierda de esta pequeña plaza y luego entras en la rue Massol, llegarás al Musée Taurin de Béziers. La tauromaquia forma parte de la identidad local desde hace más de un siglo, y el museo te permite adentrarte en esa historia. Instalado en el antiguo convento de los Dominicos, reúne trajes de luces, carteles antiguos, retratos de toreros, objetos emblemáticos y obras que cuentan los grandes momentos de las arenas biterroises. Es la ocasión perfecta para entender cómo Béziers se convirtió en una de las grandes ciudades taurinas del sur. Todo empieza en el siglo XIX, cuando la ciudad, enriquecida por el comercio del vino, vive un periodo de prosperidad excepcional. Con esa nueva riqueza se construye, se moderniza y se crean espacios de espectáculo. En 1897 se inauguran las actuales arenas —entonces entre las más grandes de Francia—, cuya capacidad, arquitectura neomorisca y ubicación en una ciudad en plena expansión las convierten enseguida en un lugar destacado del sur del país. A partir de ahí, Béziers atrae a los grandes toreros de cada época: Mazzantini, Gallito, Joselito, Domingo Ortega, Manolete y, más tarde, Luis Miguel Dominguín, Paco Camino, Nimeño II o Sébastien Castella, hijo de la ciudad. Los carteles de prestigio se suceden y consolidan la reputación taurina de Béziers. Pero lo que realmente la distingue es la importancia de la Feria, que toma forma a partir de los años sesenta. Cada agosto, cientos de miles de visitantes acuden no solo a las corridas, sino también a los conciertos, bodegas, actividades y tradiciones festivas. Este evento popular, convertido en uno de los mayores encuentros del sur de Francia, afianza aún más a Béziers como una referencia imprescindible de la tauromaquia. El museo solo abre en verano, pero si tu visita coincide con sus fechas, entra sin dudarlo: encontrarás aún más detalles y piezas únicas sobre la historia taurina de la ciudad.






