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Esta es, sin duda, la fuente medieval más famosa de Siena: la Fontebranda. Mencionada ya en 1081, ampliada en el siglo XII y reconstruida en 1246, luce hoy una fachada gótica con tres grandes arcos, coronada por un remate almenado. Pero detrás de su encanto pintoresco se esconde una auténtica joya de ingeniería hidráulica. La fuente se alimenta de los Bottini, el extraordinario sistema de acueductos subterráneos de Siena, que se extiende por más de 25 kilómetros. El agua llegaba hasta aquí tras recorrer 7 kilómetros de galerías abovedadas y se distribuía en tres grandes pilas, cada una con un uso específico: la primera para el agua potable, la segunda para dar de beber a los animales y la tercera para la colada. Y nada se desperdiciaba: el agua que sobraba servía aún para los curtidores, tintoreros y molinos. Así se entiende por qué la Fontebranda fue uno de los motores de la economía textil sienesa. Su fama era tal que fue mencionada por Dante en la Divina Comedia y por Boccaccio en el Decamerón. También está ligada a la historia íntima de la ciudad: Catalina, la gran santa de Siena, vivió muy cerca y a veces se la llama la “santa de Fontebranda”. Su padre, que era tintorero, venía aquí a recoger el agua para su oficio. La fuente sigue siendo un lugar central en la vida del barrio, pues pertenece a la Contrada dell’Oca. Aquí todavía se conservan tradiciones, como un ritual de iniciación parecido a un bautismo simbólico: los jóvenes contradaioli, es decir, los nuevos miembros de la contrada, son sumergidos en el agua para sellar su pertenencia a la comunidad. Tres arcos, tres pilas y un agua que dio vida a Siena durante siglos: la Fontebranda, al pie de la Basílica de San Domenico, no es solo un monumento pintoresco, sino un compendio de historia, fe y memoria viva.






