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En el recorrido por el puerto de Génova hay un monumento imposible de pasar por alto: el Palazzo San Giorgio, y eso por tres razones evidentes: su tamaño, su historia y su aspecto. Volvamos con más detalle sobre las dos últimas. El edificio apareció en 1260 por iniciativa de Guglielmo Boccanegra, tío del primer dux o dirigente de la República de Génova, con la idea de dotar a la ciudad de un edificio civil tan imponente como la catedral de San Lorenzo, muy cerca del puerto. Dicho y hecho. En 1262, el palacio dejó de ser un palacio para convertirse en prisión, y entre sus reclusos estuvo Marco Polo. Tras una batalla naval entre Venecia y Génova, el célebre mercader veneciano fue encarcelado y desde allí dictó a un compañero de celda el relato de sus viajes, textos que más tarde darían forma a una de sus obras más famosas: el Libro de las Maravillas. A partir de 1340, el Palazzo San Giorgio fue sede de la oficina de aduanas y luego acogió una de las primeras instituciones bancarias de Italia. Hubo que esperar hasta el siglo XVI para ver aparecer las fachadas con frescos en trampantojo, obra de Lazzaro Tavarone. Ampliado y restaurado varias veces, hoy alberga las oficinas de la autoridad portuaria y, en contadas ocasiones, como durante exposiciones temporales dedicadas a Génova, abre sus puertas al público interesado.






