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Estás ahora en la gran plaza monumental de Nápoles: la Piazza del Plebiscito. Es el espacio público más elegante de la ciudad, con dos imponentes edificios frente a frente: la Basílica de San Francesco di Paola y el Palacio Real. Juntos crean una especie de paréntesis, tal vez no de calma, al menos de espacio, en medio del tráfico incesante de la ciudad. La plaza recibió su nombre tras el plebiscito del 21 de octubre de 1860 que marcó un paso clave en la unificación italiana. En el siglo XIX, Italia aún era un mosaico de regiones independientes, y su unión como un solo Estado fue un proceso gradual, que pasó por etapas como la cesión de reinos, la proclamación de Roma como capital, y finalmente el reconocimiento del Estado Vaticano como entidad independiente en 1929. Bastante reciente. Pero volvamos a los edificios que te rodean. Justo frente a ti, en el centro de esa gran columnata, se alza la basílica de San Francisco de Paula. Fue construida en 1817 por el rey Fernando I de Borbón como ofrenda a Dios tras recuperar el reino que había estado en manos de los franceses. Su arquitecto, Pietro Bianchi, se inspiró en el Panteón de Roma para diseñar una de las iglesias más grandes de Nápoles, con un espectacular interior bajo una cúpula sostenida por 34 columnas corintias de once metros de altura. Al otro lado de la plaza está el Palacio Real, que fue una de las cuatro residencias principales de los Borbones cuando Nápoles era la capital del Reino de las Dos Sicilias. Pero en realidad su historia empieza dos siglos antes, en el año 1600, cuando fue construido para servir de residencia a los virreyes de España y, más tarde, de Austria, dependiendo de quién controlaba el trono que incluía a Nápoles. Las enormes estatuas que ves en los nichos exteriores fueron añadidas en 1888 por Umberto I y representan a los diferentes reyes que ha tenido la ciudad. Hoy en día, buena parte del palacio alberga las colecciones de la Biblioteca Nacional, y una de sus alas más antiguas se ha convertido en museo de historia. Puedes visitar el Palacio Real y hacer un pequeño viaje en el tiempo recorriendo sus majestuosas salas, una forma estupenda de entender la historia de Nápoles a través de las dinastías que gobernaron desde aquí.






