El mercado de las brujas

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¡Olvídate de los sombreros puntiagudos, los gatos negros y las escobas voladoras! Estás en pleno “Mercado de las Brujas”, el territorio de los yatiris. En aimara, esta palabra significa “sabio” y designa a especialistas en rituales y medicina tradicional.

La gente acude a ellos para pedir protección, leer el futuro en las hojas de coca o preparar una mesa, una ofrenda ritual compuesta por elementos de colores, plantas aromáticas y dulces cargados de simbolismo. Al levantar la mirada hacia los puestos, seguro que hay un detalle que te llama la atención: esos pequeños cuerpos secos que cuelgan sobre las puertas. Son sullus, fetos de llama.

En los Andes, la tierra no es simplemente el suelo que pisamos: es la Pachamama, la Madre Tierra, una entidad viva a la que se debe respeto. Cuando un boliviano construye una casa, a menudo entierra un sullu bajo los cimientos para agradecer a la tierra y pedirle protección. Es la esencia misma de la ch'alla, un ritual de ofrenda en el que se derrama alcohol sobre el suelo o se deposita algún presente en la tierra para mantener una relación de equilibrio y gratitud con la Pachamama.

Como era de esperar, un lugar tan misterioso ha dado pie a todo tipo de leyendas urbanas. A veces se murmura en la ciudad que, para los enormes rascacielos de La Paz, un simple feto de llama no era suficiente y que habría sido necesario enterrar sacrificios humanos bajo el hormigón… Una historia escalofriante, sí, pero que pertenece sobre todo al imaginario popular y a esas historias pensadas para ponerles los pelos de punta a los turistas.

Sea como sea, esta búsqueda de los favores de la Madre Tierra da lugar a todo un abanico de fiestas y tradiciones, una más colorida que la otra. Un buen ejemplo es la fiesta de las Alasitas, a finales de enero, cuando los habitantes se apresuran a comprar miniaturas que representan sus deseos más preciados: un cochecito, una pequeña casa o incluso diminutos billetes de banco. La espiritualidad también se expresa en celebraciones monumentales como el imprescindible Carnaval de Oruro, que rivaliza con el de Río por la cantidad de bailarines y la espectacularidad de sus trajes.

Entre sus personajes, la figura central del diablo recuerda a antiguas divinidades vinculadas al mundo subterráneo y minero. Pero la identidad de Bolivia también se expresa a diario, en sus calles, donde seguro que te cruzas con alguna cholita. Durante mucho tiempo marginada, esta mujer indígena, que luce con orgullo su pollera, su amplia falda, su mantón y sus dos trenzas bajo el característico sombrero bombín, representa hoy una imagen de elegancia, éxito económico y poder social.

Algunas incluso suben al ring para protagonizar los espectaculares combates de las cholitas luchadoras, convirtiendo su vestimenta tradicional en todo un símbolo de fuerza. Un espectáculo que no te puedes perder, entre risas y admiración por estas grandes mujeres que están revolucionando de mil maneras la imagen de la mujer. ¡Algunas incluso han escalado cumbres de casi 7.000 metros de altitud!

¿Ya te hemos convencido? Pero Bolivia es mucho más que la dureza del Altiplano. Hacia el este, entre las grandes llanuras y los bosques tropicales, viven pueblos como los guaraníes, chiquitanos y mojeños.

Allí, la historia siguió un rumbo muy diferente y dio lugar a otras costumbres y tradiciones. Desde rituales íntimos como el de las ñatitas, cráneos humanos venerados en familia el 8 de noviembre para proteger el hogar, hasta la celebración del Willkakuti, el Año Nuevo aimara que se celebra durante el solsticio de invierno en Tiwanaku, Bolivia no cabe en ningún estereotipo. Es un país plural, vivo y profundamente orgulloso de sus raíces.

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