
El rincón de los anticuchos
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Si paseas por la Calle Pichincha cuando ya ha caído la noche, afina el olfato: enseguida deberían envolverte los deliciosos aromas de la carne a la parrilla y del humo del carbón. ¡Has llegado al lugar indicado! Bienvenido al reino del anticucho, uno de los grandes clásicos de la noche paceña.
Cuando cierran los bares y bajan las temperaturas, los que salen de fiesta y quienes trabajan de noche se acercan a los braseros de esta calle. Y atención, porque el anticucho no es una brocheta cualquiera: su ingrediente estrella es el corazón de res. Esta tradición tiene sus raíces en la cocina popular andina, experta en transformar los cortes más humildes gracias al fuego y al conocimiento.
Cortado en finas láminas, el corazón se deja marinar durante horas en una mezcla de ajo, orégano, comino y ají, antes de cocinarse a fuego vivo sobre la parrilla al rojo vivo, justo delante de ti. ¿El resultado? Una carne firme, jugosa y sorprendentemente tierna, que no tiene nada que envidiar a los cortes más caros.
Pero el verdadero secreto de un buen anticucho está en el acompañamiento. La brocheta se sirve bien caliente con una papa asada y una generosa porción de ají de maní, una salsa cremosa y picante preparada con maní tostado. Una combinación perfecta entre el sabor intenso de la carne, la suavidad de la papa y el toque ardiente del ají.
Durante generaciones, esta gastronomía nocturna ha estado en manos de las anticucheras, mujeres de pollera convertidas en auténticas guardianas de la noche paceña. Comer un anticucho de pie en la acera de la Calle Pichincha, con las manos calentándose con el vapor del plato y los ojos llorosos por el humo del brasero, no es simplemente un tentempié para terminar la noche: es todo un ritual profundamente boliviano. Eso sí, ¡cuidado si tienes el estómago delicado con la comida callejera!
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