3 datos sobre Besanzón

Conocer una ciudad al cien por cien, eso sí que es un reto. Siempre hay historias, curiosidades o datos insólitos que se nos escapan, por mucho que exploremos. Por eso, en esta visita hemos querido compartir contigo tres cosas sobre Besanzón que, con toda seguridad, te harán pensar: “¡Eso no lo sabía!”.

Empecemos por un clásico: el Monopoly. Presente en 80 países y traducido a 43 idiomas, es uno de los juegos de mesa más vendidos del mundo. Desde su creación en 1935, han salido más de 2.000 versiones diferentes, incluyendo unas 40 dedicadas a ciudades francesas.

Marsella, Lyon, Dunkerque... y sí, también Besanzón. Los editores se enamoraron tanto del cariño que los besanzoneses sienten por su ciudad, que en 2004 le dedicaron su propia edición.

Y hablando de figuras locales, seguro conoces a Antoine-François Momoro. Nació en Besanzón en 1755, era librero e impresor, y se destacó por poner su oficio al servicio de la Revolución. Se autoproclamó “Primer impresor de la Libertad nacional” y se unió al famoso club de los Cordeliers en París, junto a Danton y Desmoulins, íntimos de Robespierre.

En 1792, con autorización del alcalde, mandó grabar en los monumentos de París esta frase: “Liberté, Égalité, Fraternité ou la mort”, Libertad, igualdad, fraternidad o la muerte. Aunque esa última parte, muy ligada al Terror, un periodo de la Revolución Francesa, fue eliminada más tarde. Las tres palabras que quedaron cayeron en el olvido...

hasta que en 1848 se convirtieron por primera vez en el lema oficial de la República. En Besanzón, más que en ningún otro lugar de Francia, preguntar la hora tiene algo especial. Es una forma de homenajear lo que esta ciudad siempre será en el corazón de su gente: la antigua capital de la relojería francesa.

En el siglo XVIII, muchos relojeros suizos, afectados por el desempleo, cruzaron la frontera y abrieron sus primeros talleres aquí. Con el apoyo de la nobleza, el sector relojero de Besanzón despegó y llegó incluso a las Exposiciones Universales. En su apogeo, en el siglo XIX, había casi 400 talleres en la ciudad.

Pero en los años 70, la competencia suiza y asiática le robó protagonismo y la industria fue apagándose poco a poco. Sin embargo, la huella de aquella época dorada sigue viva. Lo demuestra la creatividad de sus modelos, como los relojes de doble cara, de una sola aguja o incluso los que “retroceden en el tiempo”.

Y, sobre todo, lo demuestra el Museo del Tiempo, una visita imprescindible para entender y apreciar esa habilidad tan valiosa que marcó la historia de la ciudad.

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