

La estatua de Jeanne d’Arc
©Philippe Alès CC BY-SA 4.0. <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/deed.fr>via Wikipedia Commons
Orleans, Lyon, Blois, Arras, Poitiers, Marsella… todas estas ciudades tienen algo en común: en alguna de sus calles se alza una estatua en honor a Juana de Arco. Y es que, ningún rincón de Francia dejaría pasar la ocasión de rendir homenaje a esta líder de combate, heroína frente a los ingleses durante la guerra de los Cien Años y una de las mujeres más célebres de la historia de Francia. Si no la más célebre. De campesina que escucha voces a libertadora de Orleans y finalmente mártir en la hoguera de Ruan, el destino de Juana de Arco dio origen a todo un mito conocido mundialmente. Así que cuando se trata de rendirle homenaje, el más mínimo error puede ser fatal. Y esta estatua de Nancy, si pudiera hablar, lo confirmaría sin duda. Así que hablaré por ella. Tras la guerra franco-prusiana, el Estado financia la creación de una estatua de Juana de Arco que se inaugura en la plaza de las Pirámides, en París, en 1874. Pero la Doncella, con su armadura y su estandarte alzado con la mano derecha desde lo alto de su caballo, recibe duras críticas. El diario Le Figaro escribe incluso: “Se ha descubierto una estatua que representa a una niña muy fea y diminuta, yendo no sé dónde sobre un caballo de posta”. Un fracaso rotundo. Emmanuel Frémiet, autor de la obra, crea entonces una nueva versión a sus expensas, que Jules Ferry no tarda en elogiar. Pero esa segunda estatua no llegará a la capital, ya que un mecenas judío y nacionalista francés la compra y la dona a la ciudad de Nancy. Así, Lorena obtiene su primera representación de Juana de Arco. Y esa misma creación es la que tienes frente a ti. ¿Y París? Algún tiempo después, Emmanuel Frémiet, muy orgulloso de su segunda Juana de Arco, hace una copia para sí mismo. Diría de ella: “Este capricho me costó bastante, pero nunca me arrepentí”. Y con razón. En 1898, durante unas obras en el pedestal de la estatua “fallida” de París, el artista intercambia su primera obra por su réplica personal, idéntica a la de Nancy, aunque dorada y mejorada. Y la otra, la que tantos reproches recibió, fue fundida de inmediato, nuevamente por cuenta del artista, para evitar que alguien pudiera hacer uso de ella. Una historia inesperada la que se escondía aquí.







