La Iglesia de los Jesuitas

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Por fin estás frente a la famosa Iglesia de los Jesuitas de Lucerna. Seguro ya habrás notado que se puede admirar prácticamente desde cualquier rincón, gracias a su ubicación privilegiada a orillas del río Reuss. Es tan fotogénica que cuesta resistirse a sacarle una foto; sin duda, es una de las postales favoritas de la ciudad. Inaugurada en 1677, fue nada menos que el primer templo religioso barroco de toda Suiza, inspirado, como muchas otras iglesias jesuitas del mundo, en la emblemática Iglesia del Gesù de Roma, símbolo absoluto del prestigio de la Compañía de Jesús y referencia suprema del estilo barroco en el siglo XVI. Quizá ya sepas que el arte barroco surgió como parte de la Contrarreforma impulsada por los católicos en respuesta a la austeridad protestante. Con esta nueva estética grandiosa y espectacular se buscaba conmover profundamente a los fieles y hacerles sentir toda la omnipotencia divina. Así que no sorprende que esta iglesia sea considerada la más hermosa del país. En aquella época las ideas protestantes se habían arraigado con fuerza en Suiza, sobre todo en Ginebra, gran bastión calvinista y auténtico epicentro intelectual de la Reforma. Los jesuitas llegaron precisamente a Lucerna, la mayor ciudad suiza que se había mantenido fiel al catolicismo, para fortalecer la fe y hacer frente a la influencia protestante. Y por si la historia no es lo tuyo, te cuento rapidito que la Compañía de Jesús fue fundada por San Ignacio de Loyola, un antiguo soldado español. Los jesuitas destacaron especialmente por su trabajo en la educación y la caridad, creando colegios y universidades por todo el mundo, aunque también combatieron duramente contra quienes consideraban herejes y participaron activamente en la evangelización del Nuevo Mundo. A propósito, fíjate en la curiosa escultura justo sobre la entrada principal. Representa a San Francisco Javier, patrón de la iglesia, acompañado de un joven indígena americano evangelizado. Lo divertido aquí es que Francisco Javier fue misionero, sí, pero en Japón y en la India… ¡nunca en América! Al parecer alguien se tomó ciertas libertades creativas, o simplemente confundió un poco los continentes. Otra curiosidad más: durante casi 200 años esta iglesia no tuvo campanarios. ¿La razón? Falta de fondos. Hasta que a finales del siglo XIX se les ocurrió la brillante idea de organizar una rifa. Los boletos se vendían a un franco, que en aquel tiempo no era precisamente poco dinero, pero aun así la iniciativa fue todo un éxito. Gracias a eso, las dos torres con sus elegantes cúpulas se construyeron en un abrir y cerrar de ojos. Cuando entres descubrirás que el interior tampoco se queda atrás: techos pintados, un altar mayor impresionante y un órgano realmente magnífico. No por nada esta iglesia es considerada Bien de Interés Nacional de Suiza. Ahora sí, entra tranquilamente, descúbrela a tu ritmo, y nos reencontramos aquí mismo a la salida.

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