

Wat Arun
Emblema indiscutible de la ribera derecha del río Chao Phraya, el Wat Arun destaca a lo lejos por su silueta esbelta, coronada por cinco torres. Su historia está estrechamente ligada a la de la propia capital: tras la caída de Ayutthaya en el siglo XVII, aquí se levantó un santuario que perdió protagonismo cuando el rey Rama I trasladó el Buda de Esmeralda desde el Wat Arun hasta el Gran Palacio, en la otra orilla. Durante un tiempo quedó abandonado, hasta que bajo los reinados de Rama II y Rama III, recuperó todo su esplendor. Hoy su arquitectura sigue fascinando. El prang central, una torre-santuario de estilo jemer que alcanza los 82 metros de altura, está cubierto de fragmentos de porcelana, mosaicos y conchas que brillan bajo la luz del sol. A su alrededor, cuatro prangs más pequeños lo acompañan como si fueran satélites. Pocos visitantes saben que esas porcelanas no salieron de talleres elegantes, sino de cargamentos de barcos chinos: platos, cuencos, a veces dañados o en desuso, se rompían y se reutilizaban con ingenio. El resultado es que las torres del templo resplandecen hoy con miles de fragmentos de colores, un reciclaje inesperado convertido en verdadera obra de arte. Y aunque su nombre signifique “templo del amanecer”, dedicado al dios hindú Aruna, quizá sea aún más impresionante al atardecer, cuando la luz lo tiñe de tonos cálidos y el río refleja su silueta majestuosa. Vale la pena regresar de noche para llevarte tu mejor foto del recuerdo.







