

La masacre de Sand Creek
Estás frente al Capitolio de Colorado, justo en el lugar donde antes se alzaba una estatua de un soldado con uniforme. Era el Civil War Monument, erigido en 1909 para honrar a los soldados de la Unión que lucharon en la Guerra de Secesión. Durante más de un siglo, la escultura permaneció aquí, sobria, silenciosa… hasta que la sociedad empezó a preguntarse qué era exactamente lo que representaba. En 2020, en medio de un movimiento nacional que replanteaba los monumentos públicos ligados a la historia colonial o racial, la estatua fue derribada por manifestantes y luego retirada oficialmente. El problema no era la Guerra de Secesión en sí, sino una inscripción en la base que mencionaba la masacre de Sand Creek entre las “batallas” conmemoradas. Una simple línea de texto. Pero una línea de más. En 2026, se inaugurará aquí un nuevo memorial, fruto de la visión artística del escultor de Wyoming Gerald Anthony Shippen. Su obra, de siete metros de altura, mostrará a tres figuras bajo la estructura de bronce de un tipi casi a tamaño real: una madre indígena con una cuna vacía, rodeada por dos jefes que murieron en Sand Creek, Black Kettle, cheyenne, y Left Hand, arapaho. Estas figuras de más de dos metros rinden homenaje a una resistencia que durante mucho tiempo fue invisibilizada. Para entender lo que representa este cambio, hay que dar un salto atrás en el tiempo, hasta uno de los episodios más oscuros de la historia de Colorado. Fue la mañana del 29 de noviembre de 1864, cerca de un arroyo llamado Sand Creek. En ese momento, Estados Unidos estaba en plena Guerra de Secesión, pero aquí, en las tierras lejanas de Colorado, se vivía otro conflicto: se había descubierto oro, mucho oro, y los colonos llegaban en masa. Las tierras indígenas se reducían cada vez más y las tensiones crecían entre los recién llegados y las tribus que llevaban generaciones habitando la región. Un grupo de familias cheyennes y arapahoes —unas 750 personas— acampaba cerca de Sand Creek. Su jefe, Black Kettle, creyendo haber llegado a un acuerdo con las autoridades, colocó una bandera blanca y una estadounidense a la entrada del campamento. Confiaba en las promesas de paz. Pero al amanecer, mientras muchos hombres jóvenes estaban fuera cazando, unos 700 soldados de la milicia de Colorado llegaron al galope. Al mando, el coronel John Chivington, quien había dicho públicamente que había que “matar y arrancar el cuero cabelludo a todos los indios, grandes y pequeños”. El ataque comenzó sin previo aviso, sin diálogo, y duró horas. Ese día murieron más de 230 personas, en su mayoría mujeres, niños y ancianos. Algunos soldados, horrorizados por lo que vieron, dieron su testimonio. Relataron escenas de una violencia indescriptible. No hace falta entrar en detalles: puedes imaginarlos. En ese momento, los periódicos hablaron de victoria. Pero pronto se alzaron voces, incluso dentro del propio ejército. Se abrió una investigación y fue el Congreso de los Estados Unidos quien acabó declarando que lo ocurrido en Sand Creek no fue una batalla, sino una masacre. Incluso en tiempos de guerra, existen normas para proteger a los civiles. El nombre de Sand Creek sigue resonando hoy entre las naciones cheyenne y arapaho. No solo por la brutalidad de aquel día, sino por toda una historia de promesas rotas, tratados ignorados y territorios arrebatados. Y ese nombre, Sand Creek, era el que estaba grabado en el monumento que antes se alzaba aquí. No como una masacre que lamentar, sino como una “batalla” que celebrar. El nuevo memorial no busca borrar el pasado, sino mostrarlo tal como fue. Invita a mirar la historia de frente, a reconocer lo que pasó y a abrir espacio a una memoria que durante demasiado tiempo fue silenciada.







