El pasaje de la Espada

Por su belleza y su agradable entorno para pasear, el Odet suele causar muy buena impresión. Durante la Belle Époque, sus orillas eran prácticamente el coto privado de las familias aristocráticas, que construían aquí sus casas señoriales y pequeños castillos. En pleno centro de Quimper, la rue du Parc ,donde te encuentras ahora, también reflejaba esta tendencia, con el ir y venir de la burguesía local paseando bajo sus hileras de castaños. Y cuando llegaba la hora de comer, industriales, escritores y políticos adinerados se reunían en el establecimiento más antiguo de la ciudad: el Café de l’Épée, que todavía hoy sigue en pie en el número 14 de la misma calle. Antes de sentarse a la mesa, en una sala decorada con pinturas del artista Jean-Julien Lemordant sobre temas bretones, los clientes aparcaban su carruaje en el pasaje de l’Épée, justo al lado. Y es ahí precisamente donde estás ahora. Desde fuera, este pasaje llama la atención por su marquesina de hierro y vidrio, coronada por un letrero que recuerda la decoración tradicional de la loza de Quimper. Al adentrarte en este lugar hoy algo olvidado, se apodera de ti una atmósfera Belle Époque. Los vitrales, grabados con frases y máximas, bañan el paso con una luz delicada. En el suelo, el mosaico pone la nota de color. Y al llegar a la pequeña plaza situada en mitad del recorrido, decorada con el monograma de un antiguo hotel, se alza una cúpula magnífica, fiel testigo del Quimper de finales del siglo XIX. El pasaje de l’Épée, esa joyita escondida.

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