Historia de Lorient

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Para entender el extraordinario destino de esta ciudad, hay que remontarse a su fundación, en 1666. Nada hacía pensar que esta península bañada por el Scorff acabaría convirtiéndose en una gran ciudad. Todo cambió por decisión del rey Luis XIV y de su ministro Colbert.

Ese año, la Corona decidió instalar aquí el único puerto de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Durante un siglo, Lorient prosperó al ritmo de la llegada de sedas, especias y tejidos de algodón, y su población pasó de apenas unos cientos de habitantes a unos 20.000 hacia 1730. Pero tras la disolución de la Compañía de las Indias comenzó una nueva etapa.

En 1778, la Marina Real se hizo cargo de las instalaciones y creó el Arsenal. Lorient se convirtió entonces en uno de los grandes centros de la construcción naval francesa. En el siglo XIX, el recinto entró de lleno en la Revolución Industrial, adaptándose al vapor y al metal, hasta llegar a construir, a principios del siglo XX, grandes acorazados como el Courbet.

Pero precisamente esa importancia estratégica acabaría condenando a la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. El almirante alemán Karl Dönitz, comandante supremo de la flota de submarinos del Tercer Reich, decidió instalar su cuartel general en la península de Keroman y mandó construir allí una auténtica fortaleza de hormigón armado. Desde lo que los Aliados llamaban «la guarida de los lobos grises», Dönitz dirigía la flota submarina alemana por todo el Atlántico.

Ante esta amenaza mortal, la aviación aliada intentó primero destruir los búnkeres. Pero sus techos de hormigón armado, de más de 1,50 metros de espesor, hacían que los refugios blindados fueran totalmente inmunes a las bombas convencionales de la época. Así que, en enero de 1943, los dirigentes aliados adoptaron una terrible nueva doctrina militar: el bombardeo de área.

El razonamiento era implacable. Si resultaba imposible destruir la propia base de submarinos, había que arrasar la ciudad que la mantenía en funcionamiento, destruir sus viviendas, sus redes de agua, sus vías férreas y sus depósitos, para paralizar la vida de las tripulaciones y de los trabajadores. Lorient se convirtió en el primer campo de pruebas de esta estrategia.

Por eso, a lo largo de este recorrido ya has oído varias veces que la ciudad quedó destruida casi por completo. Sin embargo, pese a esta estrategia devastadora, la fortaleza de hormigón resistió y los submarinos siguieron atracando allí. Hubo que esperar hasta el 10 de mayo de 1945 para que este bastión se rindiera definitivamente.

Y después, solo quedaba una cosa por hacer: ¡reconstruirlo todo!

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