La Loba sienesa

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En esta plaza hay dos monumentos que llaman enseguida la atención. El primero es la columna coronada por la Loba, símbolo inseparable de Siena. Evoca, por supuesto, la leyenda romana de Rómulo y Remo, pero aquí la historia toma un giro local: según la tradición, fueron los hijos de Remo, Senius y Aschius, quienes huyeron de Roma tras la muerte de su padre. Uno montaba un caballo blanco y el otro un caballo negro, y habrían traído con ellos a la Loba hasta estas tierras. Fundaron entonces una nueva ciudad, llamada Siena en honor a Senius, y los dos caballos se convirtieron en el origen de los colores blanco y negro que aún hoy identifican a la ciudad. Por eso, en Siena, la Loba no es una simple copia de la del Capitolio, sino el recuerdo de una leyenda fundacional. De hecho, no será la única que veas en tu camino. El otro monumento de la plaza, más discreto pero igualmente interesante, es la iglesia de San Cristoforo. En la Edad Media, mucho antes de la construcción del Palacio Público, aquí se reunía el Consejo de la Campana, el órgano político que gobernaba entonces la ciudad. Es decir, esta pequeña iglesia fue el primer centro del poder comunal. También fue escenario de episodios espirituales importantes: la tradición cuenta que en 1376 Santa Catalina de Siena entró en éxtasis en este lugar y logró reconciliar a dos familias enemistadas, un ejemplo claro de su papel como mediadora en la vida de la ciudad. Con su fachada neoclásica añadida en el siglo XIX y su claustro románico aún visible, San Cristoforo es hoy un espacio sencillo pero cargado de historia. Una iglesia pequeña, sí, pero testigo de grandes momentos de la vida pública sienesa.

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