La Catedral de Cusco

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La inmensa Basílica Catedral de la Virgen de la Asunción domina majestuosamente la Plaza de Armas. Imponente, ¿verdad? Su construcción comenzó a mediados del siglo XVI y se prolongó durante casi un siglo.

Para levantar este gigantesco monumento, que combina elementos renacentistas, barrocos y góticos, los españoles no fueron muy lejos a buscar las piedras. Simplemente desmontaron la fortaleza inca de Sacsayhuamán, en la colina de enfrente, y aplicaron uno de sus métodos favoritos: levantar sus propios edificios coloniales directamente sobre los cimientos incas. Es el ejemplo perfecto del sincretismo colonial de Cusco, donde el poder español se superpuso literalmente al mundo antiguo.

Un reciclaje histórico bastante radical que también se aprecia en el interior, donde hay dos cosas que no puedes dejar de buscar. La primera es el gran lienzo de la Última Cena, pintado por el artista local Marcos Zapata. Fíjate bien en el plato que hay delante de Jesús y los apóstoles.

No aparece el tradicional cordero, sino una vizcacha andina, un roedor local que suele confundirse con el conejillo de Indias, al que comúnmente se conoce como cuy. ¡Una ingeniosa manera que encontraron los artistas indígenas de introducir su propia cultura en el arte cristiano! La segunda es la veneradísima imagen del Señor de los Temblores, llegada directamente de Europa.

Cuenta la leyenda que, durante su viaje, salvó al barco de una tormenta y que después, al llegar a Cusco, detuvo el terrible terremoto de 1650. Su color negro, por cierto, tampoco es el original: con el paso de los siglos se fue oscureciendo por el humo de los millones de velas encendidas por los fieles. ¡Una buena muestra de hasta dónde llega su devoción!

Cuando vuelvas a salir, fíjate en el pequeño edificio de al lado, más discreto pero igual de misterioso: la Capilla del Santísimo Sacramento. Este edificio ha tenido unas cuantas vidas y, según se cree, llegó incluso a albergar la sede del temido Tribunal de la Inquisición. Si das una vuelta por la parte trasera, abre bien los ojos.

Allí se esconde un pequeño detalle arquitectónico que casi todos los turistas pasan por alto: un dintel tallado con una calavera y dos fémures cruzados. Un recuerdo un tanto escalofriante de antiguos usos funerarios relacionados con la catedral, que le da a este rincón un aire encantado.

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