Túpac Amaru

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Como prometimos, ha llegado el momento de volver a hablar de Túpac Amaru, una figura clave de la resistencia andina. Si tuvieras que quedarte con un solo nombre de la historia del Perú, quizá sería este. O mejor dicho, estos, porque tras un mismo nombre se esconden en realidad dos hombres separados por dos siglos de historia.

Y sus vidas se entrelazan y dialogan aquí mismo, en Cusco. El primero es Túpac Amaru I, la figura trágica del final del Imperio. Tras la conquista española, los últimos soberanos incas se refugian en las selvas de Vilcabamba para continuar la resistencia.

Túpac Amaru I acaba convirtiéndose en su líder casi a su pesar, sin apenas tiempo para consolidar su poder. En 1572, los españoles toman Vilcabamba. Capturado, el último inca es llevado a Cusco y ejecutado en la plaza principal, poniendo fin definitivamente a la dinastía independiente.

Su cabeza queda expuesta en la plaza y comienza a despertar tal devoción popular que las autoridades tienen que enterrarla a toda prisa para cortar de raíz el nacimiento de un culto rebelde. Demos ahora un salto de dos siglos. Estamos en 1780.

Un líder andino instruido, que domina tanto el quechua como el español, decide rebelarse contra el trabajo forzoso, los impuestos abusivos y la violencia colonial. Se llama José Gabriel Condorcanqui, pero para dejar huella y reivindicar la legitimidad de su linaje adopta un nombre de guerra cargado de significado: Túpac Amaru II. Su insurrección no es una simple revuelta local: se extiende por toda la cordillera de los Andes, moviliza a miles de personas y hace temblar a la Corona española desde Cusco hasta Potosí, en Bolivia.

A su lado, su esposa Micaela Bastidas desempeña un papel estratégico y político absolutamente fundamental, muy lejos de quedarse en la sombra. Pero la rebelión es rápidamente aplastada. En 1781, la familia es capturada y paga un precio altísimo.

Túpac Amaru II, su esposa y sus compañeros son ejecutados públicamente en la Plaza de Armas, en un espectáculo de una brutalidad inaudita. Pero de aquella tragedia nace un mito inmortal, resumido en una frase hoy célebre: “Volveré y seré millones”. Sea auténtica o fruto de la leyenda, la frase se ha convertido en un lema universal de emancipación.

El legado de Túpac Amaru II ha cruzado incluso continentes: fue precisamente en homenaje a este símbolo de resistencia que una activista estadounidense decidió darle su nombre a su hijo, el legendario rapero Tupac Shakur. Y sí, de una revolución inca contra la opresión colonial a un rapero de Estados Unidos solo hay un paso. O, mejor dicho, un nombre: Tupac.

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