El Sacsayhuamán

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Acabas de adentrarte en la calle Siete Borreguitos. Con sus paredes inmaculadas, sus pintorescas escaleras y sus cascadas de macetas con flores, es sin duda uno de los rincones más fotogénicos de Cusco. Pero su poético nombre no es fruto de la casualidad: antiguamente era un paso utilizado por los habitantes para llevar sus rebaños de ovejas o sus burros hasta los puntos de agua.

Mantén los ojos bien abiertos, porque no es raro cruzarse por aquí con alguna vecina vestida con ropa tradicional y acompañada orgullosamente de su llama o su alpaca. Si te aventuras hacia la derecha, llegarás directamente a los pies del acueducto colonial de Sapantiana. Con sus arcos de piedra sobre el arroyo Pucro, esta obra del siglo XVII servía para transportar agua potable e irrigar la ciudad.

Pero, como tantas veces por aquí, los españoles no inventaron nada: ¡simplemente reciclaron! Antes de su llegada, el lugar se llamaba Waca Sapantiana, un importante santuario inca dedicado al culto al agua. Allí, los sacerdotes aprovechaban los manantiales para realizar rituales de curación, aliviar el cansancio de los nobles y pedir por la salud del emperador.

¡En definitiva, el primer centro de talasoterapia de los Andes! Aprovecha también para recuperar el aliento, porque lo que viene ahora va a poner a prueba tus pantorrillas. Si continúas hacia la derecha por la calle Pumacurco, te dirigirás hacia uno de los complejos más titánicos del continente americano: Sacsayhuamán.

¡Es el momento perfecto para hacer un pequeño desvío y visitar este lugar imprescindible! A menudo descrito como una “fortaleza”, este complejo del siglo XV, encargado —una vez más— por Pachacútec, era mucho más que eso. Además de sus murallas defensivas, fue un importante centro político y un santuario dedicado a Illapa, el dios del Trueno.

Y si la altitud todavía no te ha dejado sin aliento, ¡el genio técnico de los incas se encargará de hacerlo! Aquí ensamblaron bloques colosales, algunos de más de 100 toneladas y más de 9 metros de altura, ajustándolos como las piezas de un gigantesco rompecabezas. Por desgracia, lo que contemplarás hoy representa apenas entre el 20 y el 40 % del complejo original.

Después de llevarse aquí una memorable paliza militar frente a los guerreros incas en 1536, los conquistadores utilizaron el lugar como una gigantesca cantera, saqueando sus piedras para construir las iglesias y las casas del centro de la ciudad. Por último, a los pies del complejo, tus valientes piernas tienen una pequeña opción más: girar a la derecha y subir hasta la colina sagrada de Pukamoqo para alcanzar el Cristo Blanco. Esta estatua de Cristo con los brazos abiertos, de 8 metros de altura, fue esculpida por el artista local Francisco Olazo Allende con ayuda de artesanos de San Blas.

La primera piedra se colocó el 24 de junio de 1944, el mismo día de la primera edición moderna del Inti Raymi, sellando una vez más la unión entre la fe católica y la identidad andina. Y esta es la recompensa definitiva por la subida: una vista panorámica espectacular de toda la cuenca de Cusco, perfecta para apreciar la grandeza de esta capital nacida de una leyenda.

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