

La historia del Perú
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Para comprender Cusco y el Perú, hay que dejar a un lado nuestros referentes modernos. El Imperio inca funcionaba sin dinero: la verdadera moneda eran el trabajo y la reciprocidad. En la vida cotidiana, esto se traducía en el ayni, “hoy por ti, mañana por mí”, y en la mita, una prestación temporal de trabajo al Estado en la que cada persona dedicaba parte de su tiempo a construir caminos o cultivar los campos, a cambio de alimentos y protección.
Un sistema redistributivo, en principio bastante beneficioso… que los españoles acabarían transformando en una forma de trabajo forzoso mortífero, especialmente en las minas de plata de Potosí. Pero ¿cómo pudo caer un imperio tan poderoso frente a tan solo 168 conquistadores?
Primero, por una guerra civil fratricida entre los príncipes Huáscar y Atahualpa, que dejó al imperio exhausto justo cuando Francisco Pizarro desembarcó en 1532. Pero, sobre todo, por el choque epidemiológico: sin inmunidad frente a enfermedades europeas como la viruela, más del 85 % de la población indígena fue diezmada en apenas un siglo. De hecho, los microbios ya habían causado estragos en el país antes incluso de la llegada de los soldados españoles.
Hoy, Cusco es mucho más que un simple escenario histórico. Aunque el turismo de masas sostiene buena parte de la economía regional, también reaviva el debate sobre el reparto de la riqueza entre la capital y el resto del país. La cultura inca, por su parte, sigue muy viva: el quechua continúa resonando en el mercado de San Pedro y un profundo orgullo identitario impregna la ciudad.
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