Mundo Alpaca

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Prepárate para sumergirte en el universo increíblemente suave de Mundo Alpaca, justo al otro lado de la calle. ¿Y lo mejor de todo? La entrada es gratuita.

¡Así que no te pierdas la oportunidad de acercarte! Allí podrás ver a artesanas clasificando la fibra a mano con una precisión milimétrica, asistir a demostraciones de una técnica ancestral de tejido en telar de cintura y explorar el Museo Precolombino Amano-Michell, que conserva textiles de varios siglos de antigüedad. Pero las grandes estrellas de la visita están en los corrales.

Es el momento perfecto para resolver un debate histórico: ¿cómo distinguir una llama de una alpaca sin acabar cubierto de escupitajos? Muy fácil. La llama es la más corpulenta de la familia: puede alcanzar los 150 kilos, tiene unas orejas curvadas como bananas y un hocico alargado.

La alpaca, en cambio, es la encargada de proporcionar la fibra para los suéteres de lujo. Más pequeña, con sus 60 kilos y una cabeza redondeada absolutamente irresistible, se presenta en dos variedades: huacaya, esponjosa como un peluche, o suri, con largos mechones sedosos dignos de toda una estrella del rock en Arequipa. El retrato familiar se completa con dos primos salvajes: el discreto guanaco y la mítica vicuña.

Esta última es la auténtica diva de los Andes. Su fibra ultrafina, la llamada “lana de los dioses”, estaba estrictamente reservada a los emperadores incas. Tras estar al borde de la extinción, hoy está protegida y se esquila cada 3 o 4 años durante el chaccu, una gran batida tradicional, antes de ser liberada de nuevo en las montañas.

Pero más allá de su estilo, estos animales han sido verdaderos pilares del Perú durante milenios. Mucho antes de la llegada de los caballos y las vacas traídos por los españoles, los camélidos eran auténticos motores de la vida andina. Gracias a su fuerza y a su extraordinaria resistencia, la llama fue la bestia de carga por excelencia para transportar mercancías por el accidentado territorio del Imperio inca.

Y si te preguntas de dónde viene esa famosa reputación de escupidora, tranquilo: ¡la llama no escupe por pura maldad contra los turistas! Lo hace principalmente para comunicarse con otros ejemplares, establecer su posición dominante o responder ante una amenaza.

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